La información para el siglo XXI , un vulgar negocio

La información para el S. XXI, un vulgar negocio
Profesión herida de muerte.

Por GABRIEL ANGEL ARDILA

La maduración del siglo de las comunicaciones al comienzo del nuevo milenio, consolida finalizando la primera década el poder público reflejado en el caos de las redes sociales y funde el papel del periodismo con el de la participación ciudadana más liberal hasta ahora conocida como preámbulo del siglo XXI..

Los ciudadanos usuarios de teléfonos móviles y sus aditamentos electrónicos que comprometieron el papel de los camarógrafos, suplieron los roles de los redactores y derribaron todas las barreras de mandos desde editores, pusieron de relevo jefaturas y asumieron todos los roles de directores de medios que así, de pronto, lucían como soldados depuestos de un ejército vencido sin ningún tipo de armisticios. Simplemente, fueron derrocados por el flamante periodismo ciudadano que derritió sin mayor esfuerzo el llamado “Cuarto Poder” asignado a la prensa.

El negocio había comenzado con la toma de poderes por parte de familias acomodadas, relativamente adineradas e investidas de poder con el garrote de la opinión. Los principales periódicos, emisoras o cadenas de ellas y canales de televisión fueron su objeto y su negocio. Jamás el poder de la prensa fue ejercido por formas distintas a los intereses particulares.

Para mediados de última década del siglo XX los monopolios industriales pusieron sus manos en los intereses de la prensa y se tomaron la administración de la llamada Opinión Pública. Controlaron todos los negocios. La dilución de esa amalgama entre control político, presión publicitaria y manejo de hilos económicos estuvo en el juego de las redes montadas desde el mundo electrónico que liberó en el ciberespacio las riendas de la comunicación.

Apoderados los empresarios e industriales de los medios de comunicación, imponen su lógica transaccional y transforman la relación entre las partes de lo que para ellos es simplemente un nuevo negocio: los periodistas, los operarios, los conductores y directores de espacios, ya no son empleados, sino negociantes y cuando menos comisionistas. En algunos casos aberrantes los hacen “socios”.
Un nuevo director de noticiario o de cualquier espacio de opinión o en general de información, es arrendatario o concesionario en sus emisoras. En sus periódicos, en sus espacios controlados desde monopolios. Entonces la información pierde su vieja condición de independencia, neutralidad y objetividad. El cambio de modelo impone profundas modificaciones incluso sobre la materia central de ese manejo: la información se convierte en mercancía negociable.

Todo eso de la búsqueda de la verdad, la imparcialidad y cualquier rezago ético, se transforman en materia negociable. Ahora si el periodismo está herido de muerte.

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