EP New York / Opinión/  Ricardo Angoso/ Siete muertos. Decenas de heridos. Numerosos negocios asaltados. Hechos vandálicos sin control en las calles hondureñas. Toque de queda desde hace días. Sombras de un fraude espectacular. Dos candidatos que se consideran presidentes de Honduras al día de hoy. Y la amenaza de una grave crisis como la del 2009.  Estos son los elementos que gravitan sobre Honduras y precipitan al país hacia un abismo (casi) insalvable. ¿Será así? Podría ser, aunque las protestas todavía non han adquirido la dimensión de las acaecidas hace ocho años y es más que seguro que en los próximos días queden en aguas de borrajas, es decir, en nada de nada.

Sin embargo, los acontecimientos de las últimas jornadas han revelado la ineptitud del Tribunal Supremo Electoral (TSE), que de tener todos los medios  tecnológicos para ofrecer los resultados en “horas” pasó a ofrecerlos en una semana, la incapacidad de la clase política hondureña por resolver la crisis mediante el diálogo y que las heridas de la crisis de 2009 lejos de haberse cerrado siguen presente en la vida del país.  

Pero aparte de la lentitud, que desesperaba a los millones de hondureños que estaban esperando en su casas los resultados durante horas, el TSE dio datos absolutamente contradictorios. Al principio otorgaba la victoria al izquierdista Salvador Nasralla y, unos días después, se la otorgó al candidato-presidente Juan Orlando Hernández, en unas jornadas caóticas y que levantaron las sospechas de que se podía estar fraguando un fraude. Ya nadie cree en la máxima autoridad electoral de Honduras y su honorabilidad está por los suelos.

La coalición incialmente ganadora, Alianza, es un grupo nacido tras la crisis del Partido Liberal en el año 2009, en que un sector de esta formación se escindió apoyando al depuesto presidente Mel Zelaya y en que otro, el mayoritario, siguió en las filas de la formación que hasta ahora se había alternado en el poder con los nacionales durante más de un siglo. Zelaya, precisamente, fue el fundador de una de las formaciones que componen la Alianza –Libre- y su gestión como presidente estuvo plagada de boutades y vulgares meteduras de pata, tanto en su política interior como exterior. Su acercamiento a los regímenes de la Cuba de Castro, la Venezuela de Hugo Chávez e incluso Irán, por citar tan sólo algunos de sus principales socios en la escena internacional, llevaron al país a un aislamiento internacional desconocido en la historia de la nación. Tanto los Estados Unidos, como la Unión Europea y las principales naciones democráticas del continente, dieron la espalda a Zelaya y vieron con alivio cuando fue depuesto en el año 2009, haciendo la vista gorda a la forma abrupta en que fue sacado de la escena política. Se había convertido en un personaje bufonesco, grotesco e incómodo para todos. 

Hoy, sin embargo, Zelaya ha mostrado su fuerza y músculo político en las urnas, polarizando al país entre sus partidarios y sus detractores. Nada más conocerse los resultados que les “robaban” su supuesta victoria y la de su candidato, Nasralla, miles de elllos se echaron las calles sembrando el caos y el desorden. La paz social se rompía abruptamente en Honduras, la fiesta democrática se diluyó en una calma chicha que dura hasta hoy.

Aparte de estas secuelas evidentes en lo que es lo relativo a la concordia y la convivencia cívica, visibles en estos días de enfrentamientos entre las fuerzas de orden público y los manifestantes izquierdistas que protestaban ante lo que consideraban un fraude, hay que señalar que, además, el desarrollo de todo el proceso electoral y las dudas que se han generado en el conteo le restan legitimidad al candidato ganador y actual presidente de la República de Honduras, Juan Orlando Hernández. La crisis de legitimidad democrática del actual mandatario le restará credibilidad interna y externa a la hora de gestionar los innumerables problemas que afronta el país.

CONFUSIÓN, POCA TRANSPARENCIA Y LENTITUD A LA HORA DE OFRECER RESULTADOS

Tampoco ha ayudado mucho a resolver este embrollo electoral la misión de observación internacional enviada por la Unión Europea (UE), que al informar sobre su veeduría y las garantías que había tenido la consulta en cuestión poco aportó, nada clarificó y su jefa y portavoz, Marisa Matias, se enredó en un resumen televisado sobre las elecciones que era más bien un parlamento a medio camino entre el surrealismo bananero y la típica plática de burócrata de Bruselas tratando de explicar lo inexplicable. Si hasta la intervención de Matias sabíamos poco acerca de lo que se había “cocinado” en el recuento, tras su rueda de prensa multitudinaria en la capital hondureña, Tegucigalpa, quedó bien claro que nadie nos iba a dar algo de luz sobre estas misteriosas elecciones y sus resultados. Incluso Matias dijo que el proceso electoral todavía no ha terminado (¿?), entonces cabe preguntarse: ¿y cuándo terminará? Algunos piensan que nunca, es como un viaje hacia ninguna parte.

Honduras, tan necesitada de respuestas y propuestas para hacer frente a sus acuciantes problemas -principalmente pobreza, narcotráfico, exclusión social e inseguridad creciente- vive sus horas más críticas y el nuevo ciclo político que comienza con la ya casi segura reelección de Orlando se prevé que vendrá caracterizado por la controversia y la casi segura confrontación con la oposición izquierdista. 

La derrotada Alianza sigue reclamando para sí la victoria de su candidato, Nasralla, y  sus seguidores siguen protestando en las calles ante lo que consideran un fraude espectacular. Nasralla ya ha anunciado que estas protestas son tan sólo el comienzo del vía crucis que le espera al país en los próximos años. Ninguna de las dos partes parece dispuesta a ceder y aceptar su derrota, algo a lo que ha contribuido la escasa transparencia exhibida por parte del ente electoral encargado de organizar las elecciones y la inutilidad manifiesta de los magistrados electorales que han “coordinado” y dirigido el deficiente proceso. En fin, habrá que esperar a ver qué ocurre pero el ambiente político reinante hoy no hace presagiar nada bueno.

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