A punto de celebrarse la copa del mundo de fútbol en Rusia, Vladimir Putin sigue dando muestras del escaso respeto que siente hacia  los europeos y de su desdén hacia las formas democráticas


VLADIMIR PUTIN, CAMPEÓN MUNDIAL EN VIOLACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS


EP New York /opinión / Ricardo Angoso

@ricardoangoso

ricky.angoso@gmail.com

A punto de celebrarse la copa del mundo de fútbol en Rusia, Vladimir Putin sigue dando muestras del escaso respeto que siente hacia  los europeos y de su desdén hacia las formas democráticas. Ha sido reelegido recientemente en una suerte de farsa electoral en que sus contendientes eran invisibles y con un resultado apabullante a su favor sin apenas una campaña electoral que mereciera tal nombre. Luego, rebosando la paciencia del vaso de sus “amigos” europeos, volvió a perpetrar un ataque con armas químicas contra un ex agente ruso en territorio británico, hiriendo a varios ciudadanos de esa nacionalidad, que casi pierden la vida, y asesinando al atacado. Ya lo había hecho otras veces con éxito y, en vista que nadie se inmutaba en Europa, volvió a hacerlo. Putin no tiene escrúpulos, el fin siempre justifica los medios y punto.

A este paso, el campeonato mundial de fútbol, que pretendía presentarse como una galería donde mostrar lo mejor de Rusia, se acabará convirtiendo, al estilo de las olimpiadas de Berlín organizadas por Hitler en 1936, en un mero ejercicio de distracción colectiva ante el avance  de un autoritarismo ya sin careta, la demostración más burda de la barbarie y las más brutales formas de expresión política en todos los sentidos. Un escaparate para intentar vender lo mejor de un régimen político impresentable.

El nombre de Putin se escribe con sangre, mucha sangre derramada en aras de exhibir una potencia imperial y un poderío desmedido ante sus supuestos enemigos, que no son más que sus vecinos a los que siempre quiso mantener bajo su férrea férula y a unos “amigos” de los que abiertamente se ríe el máximo líder ruso. Putin ya ha derramado la sangre en Georgia, cuando decidió continuar con la ocupación rusa de dos regiones de este país -Abjasia y Osetia del Sur- y después, en el 2008, cuando atacó brutalmente a ese país que quería recuperar sus territorios perdidos. Le causó a Georgia miles de muertos y 100.000 refugiados y desplazados.

Pero no solamente Rusia ha atacado a Georgia, sino que los zarpazos imperiales también llegaron hasta Moldavia, a la que sustrajo la “República de Transnistria”, una entidad política que atenta contra este país y no reconocida internacionalmente por nadie. Su secesión costó miles de muertos a los molados. En ese territorio se atrincheró el XIV Ejército Ruso y la ocupación dura hasta el día de hoy porque Putin se ha negado a cualquier negociación con los moldavos, a los que les crea todo tipo de problemas para evitar que este país se acerque a la Unión Europea (UE) y la OTAN.

Más tarde le tocó el turno a la península de Crimea, a la que alentó para que se independizara y proclamase más tarde su independencia. El guión estaba previamente establecido: después de votar a favor de la misma, Rusia se la anexionó y arrebató a Ucrania este territorio quizá para siempre. Más tarde, con el deseo de desestabilizar Ucrania y evitar su anunciado acercamiento a la UE y a la OTAN, Putin organizó unas milicias prorrusas en la regiones de Donetsk y Lugansk, que se “independizaron” también de Kiev y que siguen en armas a merced de la ayuda política, militar y económica de Rusia.

También parece claro el apoyo de Rusia a los secesionistas serbosnios, que aspiran a romper Bosnia y Herzegovina y crear una entidad política serbia separada de los croatas y los bosnios, con los que fueron obligados a vivir en un mismo país a raíz de los acuerdos de Dayton firmados en 1995. Rusia pretende crear problemas a cualquier coste a la UE y los Estados Unidos, que tratan de salvaguardar la integridad territorial de Bosnia como mal necesario para no incendiar los Balcanes, y parece demostrado que alienta el proceso de secesión en ese país, tanto por medios políticos como materiales (envío de armas mediante), según informaba un think thank norteamericano en sus páginas web: https://www.fpri.org/article/2018/03/bosnia-russian-chopping-block-potential-violence-steps-prevent/.

EL ASESINATO DE LA PERIODISTA ANNA POLITKOVSKAYA

De la brutalidad y la perversidad de Putin ya habíamos tenido noticia a través de la obra y el testimonio de la periodista Anna  Politkovskaya, que fue asesinada por los servicios secretos rusos como regalo al sátrapa ruso en sus 54 cumpleaños, hace ya doce años en la misma puerta de su casa. Anna estaba investigando centenares de casos de torturas y asesinatos ilegales a manos de las fuerzas rusas en la región de Chechenia, lugar a donde viajó en varias ocasiones y recogió miles de testimonios de vejaciones perpetradas por el ejército, matanzas indiscriminadas, violaciones de mujeres como arma de guerra y un sinfín de atropellos y ejecuciones extrajudiciales contra la población civil. Ella fue asesinada, nunca se encontró al culpable y nadie fue juzgado por aquellos terribles hechos acaecidos en Chechenia. Cosas sin importancia que ocurren en la Rusia de Putin.

El máximo líder de Rusia controla todo en su extenso imperio, nada se le escapa a su poder, incluidos los medios de comunicación. Casi todos los medios de comunicación ruso le presentan como una suerte de Gran Timonel que conduce a la nación rusa a la mayor de las glorias y a la expansión de su imperio más allá de sus fronteras naturales y políticas. Putin ya firmó una Ley contra los medios extranjeros presentes en Rusia, a los que catalogó de “agentes extranjeros”, y descalifica permanentemente a aquellos medios que no comulgan con la verdad oficial. O los mata, como hizo con la periodista que denunció los aberrantes crímenes perpetrados por sus fuerzas en Chechenia.

Por no hablar de la homofobia imperante en Rusia, de la que participa el poder ruso en extraña alianza con la Iglesia ortodoxa, que ha llevado a la población gay a llevar una vida casi clandestina y secreta, como en la Alemania nazi o en la Italia de Mussolini. Putin es abiertamente homofóbico y se jacta de ello. Todos los bares, negocios, locales y organizaciones gays han sido clausuradas y se prevé que no volverán a abrir en muchos años, al menos mientras dure la autocracia eterna de este antiguo agente del KGB. Con respecto a las  violaciones de derechos civiles, solamente hay que ver las imágenes de cómo las fuerzas de seguridad reprimen a las manifestaciones opositoras, con una violencia no superada siquiera por Pinochet o Videla, y las detenciones arbitrarias de decenas de opositores sin garantías legales y sometidos a procesos, multas y condenas injustas. Capítulo aparte merecería la injerencia cibernética  rusa en casi todos los asuntos que pueden provocar la desestabilización de Occidente.

Luego está la utilización permanente del discurso nacionalista, que es una mera cortina de humo  para tratar de encubrir con una  retórica simplista y guerrerista la crisis de fondo que padece el país. Rusia padece una triple crisis: demográfica, pues cada año el país pierde población y cada vez se envejece más; económica, pues el rublo se hunde, el país apenas exporta nada excepto petróleo y gas y su crecimiento es casi nulo sino negativo para este año; y política, pues el régimen está agotado y no ha sido capaz de desarrollar un sistema político moderno, ágil, competitivo, pluralista, descentralizado y, sobre todo, democrático. Pero, mientras esta triple crisis se desarrolla en toda su profundidad y tragedia, el sátrapa de Moscú sigue atrincherado en el Kremlin, mientras Rusia sigue esperando a la aurora  que devora a los monstruos del pasado. 


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